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Esto es la casa de tócame Roque

  • Published in Política

EL RINCÓN DEL BONZO

Expresión que se refiere a situaciones o lugares donde reina alboroto convulso por desorganización y anarquía. Si se aplica al ámbito hogareño, además conlleva el concepto de ruina como corresponde a una administración caótica. En fin, la metáfora de un desastre de difícil reparación.
Este dicho popular no es una ficción a modo de refrán, pues procede de la supuesta historia real acaecida en una típica corrala madrileña del siglo XIX, cuya repercusión social pasó a la literatura de la época, en algún sainete y obra de teatro. Incluso fue citada por Pérez Galdós en alguno de sus episodios.
Bajamos a ras de suelo: Tras resolver la UE el rescate económico aplicado a España, surgen cuestiones de alta enjundia con respecto a actitudes y alharacas desplegadas por los dos bandos de siempre. De un lado, el triunfalismo del administrador de la finca, por haber trincado de los demás, incluidos los no partidarios, pasta suficiente para poder seguir despilfarrando caudales públicos, aun a costa de entramparnos de por vida. En la otra mano, la incapacidad e inoperancia de una oposición que no puede, no sabe o no quiere plantar cara a los desmanes institucionales que nos están llevando a la ruina y a la vergüenza mendicante de un pueblo otrora glorioso, y hoy convertido en el “moño de la Bernarda” para los países civilizados que nos miran con desprecio por encima del hombro… como a una pandilla de rufianes  propensos a guindar al descuido los recursos de otros. No podemos obviar, aparte del desaguisado administrativo, que aquí hemos sufrido en alternancia a los dos partidos del “y tú más”; los más corruptos de nuestra reciente historia. No es raro que se nos haya perdido el respeto por ahí fuera.
Un experimento fallido: Desde luego, no fueron el uso de razón ni el sentido común los componentes intelectuales que gestaron la nefasta idea de un Estado de Autonomías.
Familia numerosa instalada en su gran mansión. La vivienda se dividió en apartamentos individuales para suavizar trifulcas y, de paso, que cada miembro disfrutara de una cómoda intimidad  y ejerciera el derecho a su albedrío.
Un reglamento de convivencia no logró erradicar rencillas entre padres, hijos, hermanos, cuñadas, primos, suegras, parejas de hecho o monoparentales, viudas, simples vecinos, perros y gatos que, aunque aislados cada uno en su cubículo, los eventuales encuentros en el rellano de escalera suelen desencadenar broncas más intensas que las de antes; pues la vocación de ir cada cual a lo suyo se incrementó por las respectivas soledades y la frustración de que aquello no era lo esperado. Cualquier indicio de solidaridad anterior desapareció por ensalmo, con grave deterioro para todos los vínculos afectivos.
La ocurrencia habitacional generó además un gasto colectivo brutal, pues 17 aposentos unifamiliares implicaron la dispersión de medios y multiplicación artificiosa de recursos asignados, a costa del bien común y en favor de intereses localizados para privilegio de los más golfos de la comunidad. Como en toda “buena familia”, los más pacíficos y tratables se quedan a verlas venir, y los pocos sinvergüenzas gozan del mimo parental para que sus fechorías repercutan lo menos posible, mediante el chantaje de “¡Ojo! Que si no me das lo que pido te monto el pollo”.
Nuestro Estado autonómico ha resultado un fiasco insostenible que sería inviable hasta en el país más rico del mundo, cual no es nuestro caso. El salvaje gasto público que supone el aluvión de cargos públicos afectos a 17 parlamentos, con una burocracia enfermiza que traba la multiplicidad de competencias sobre cada una de las áreas descentralizadas para que nada funcione. Directores generales, Asesores, personal de confianza y parientes colocados a dedo, todos suculentamente pagados, y 40.000 coches oficiales de alta gama, algunos blindados, destrozan cualquier posibilidad de supervivencia económica en esta “casa de tócame Roque”. Predicado también aplicable a los más de 8000 ayuntamientos que salpican nuestra geografía.
La gran desgracia es que quienes debieran solucionar este disparate son los primeros interesados en que todo siga así, como únicos beneficiarios a costa de la penuria popular. Son los mismos que en plena pandemia, en medio de una crisis laboral extrema, no han sufrido mengua en sus ingresos ni reducción alguna de personal. Antes bien se han incrementado en algunos casos; con la desfachatez añadida de seguir cobrando dietas de asistencia a sus bancadas vacías.
Son los mismos desalmados que están planteando la posibilidad de meterle mano a las pensiones y de masacrar con impuestos a una sociedad civil indefensa ante tanto desaprensivo, a fin de conservar su privilegiado estatus económico y, de paso, justificar ante la UE reformas que avalen la garantía exigida de transparencia y honestidad, de cuya carencia tanto adolecemos. Un “todo por la patria” a costa de los paganos habituales en las muy malas manos de siempre.
Alguien dedicó esta ripiosa cuaderna vía a la afamada “casa de tócame Roque”:
“Érase que se era, la casa solariega.
Histórica morada, que hoy ayuda ruega.
Despilfarró su fama, siempre metida en juerga.
El vecino la mira. Con desprecio la niega.”

¿Nos vale para lo nuestro como un simple copia y pega?