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El discurso del Rey

  • Published in Política

EL BAR DE PEPE

Antes que nada, quiero decirle que fui, hasta el 23 de febrero de 1981, ferviente defensor de la monarquía española. Como muchos españoles también soñaba con una Monarquía Parlamentaria constitucional, por eso voté si a ese sistema de gobierno.
Como muchos españoles hoy en día me arrepiento de haber dado mi voto a favor de la Constitución Española del 6 de diciembre de 1978 donde se recoge en su artículo 1, apartado 3, como premisa fundamental: “La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria”.
Los sucesivos escándalos producidos por la princesa Cristina y su marido, el famoso Iñaki Urdangarin y sobre todo el rey emérito Juan Carlos I, han ido mermando, destrozando, la capacidad de los españoles de lealtad y fidelidad a la Casa Real Española, eso es así de cierto y obviarlo, silenciarlo, no sirve para nada toda vez que es público y notorio los turbios “asuntos” del anterior monarca, y no solo me refiero a las famosas comisiones y la evasión fiscal del dinero del rey “campechano”, también al acoso sexual a que sometió a decenas de mujeres, tanto es así que Placido Domingo al lado de Juan Carlos de Borbón es un simple presunto y novato acosador.
La abdicación de su padre a favor de su hijo Felipe VI no ha servido para pasar al olvido los desmanes de su hermana, cuñado y progenitor.  
En el discurso de la coronación del sucesor de Juan Carlos I, Felipe VI, sus palabras cuando fue coronado rey de los españoles nos abrieron cierta esperanza, una pequeña luz en el sombrío túnel de la Corona española.
“La Corona debe buscar la cercanía con los ciudadanos, saber ganarse continuamente su aprecio, su respeto y su confianza; y para ello, velar por la dignidad de la institución, preservar su prestigio y observar una conducta íntegra, honesta y transparente, como corresponde a su función institucional y a su responsabilidad social. Porque, sólo de esa manera, se hará acreedora de la autoridad moral necesaria para el ejercicio de sus funciones. Hoy, más que nunca, los ciudadanos demandan con toda razón que los principios morales y éticos inspiren -y la ejemplaridad presida- nuestra vida pública. Y el Rey, a la cabeza del Estado, tiene que ser no sólo un referente sino también un servidor de esa justa y legítima exigencia de los ciudadanos.”
Sin embargo, estás palabras, dichas en el hemiciclo de la Cámara de los Diputados, pronto se quedaron en una declaración de principios que fueron premonitorias para lo que a continuación se descubrió.
Toda una relación de presuntas comisiones cobradas por Juan Carlos I, cuentas opacas en Suiza, Bahamas, etc., evasión de impuestos, defraudación al fisco, sobornos a sus amantes y las declaraciones de la señora Corina (una de sus últimas amantes) causaron en los españoles lo que algunas sabíamos y otros intuían; la corona, la casa real española apestaba a mierda.
Este año, 2.020, para todos los españoles, para todo el mundo, ha sido un año más que terrible. La pandemia del coronavirus covid19, además de meter en nuestras venas el pánico de la impotencia vital, el miedo al maldito virus, la perdida de puestos de trabajo, de miles de negocios, de pequeños y medianos negocios cerrados a cal y canto, la miseria que soportamos desde la crisis económica, hemos visto como nuestro querido Juan Carlos I “alias el campechano”  regalaba millones de euros a su querida Corina para que silenciase sus miserias, las miserias de un individuo que, gracias a los medios de comunicación, estuvo engañando a buena parte de la sociedad española mostrándose como el salvador de la democracia en España. Aunque lo más grave de todo este putrefacto affaire no son sus decenas de amantes o su presunto cobro de comisiones al mejor estilo de Jordi Pujol y su familia, para mi lo peor es su implicación directa en el golpe de Estado del teniente coronel Tejero y el secuestro del Congreso de los Diputados en la tarde del 23F.
Anoche, 24 de diciembre de 2020, en la nochebuena más mala de la historia de los españoles desde el año 1.939, el rey Felipe VI nos habló a todos, un discurso medido y milimetrado, consensuado por el gobierno de coalición para contentar, en la medida de lo posible a la opinión pública. Anoche batió récord de audiencia el discurso del rey Felipe VI, todos esperábamos más contundencia en sus palabras, menos comedimiento y más denuncia directa, pero también todos intuíamos que no sucedería así.
Por muchas razones, entre otras porque es el hijo del presunto mangante y si la ley exime  a los parientes directos de efectuar declaraciones inculpatorias que agraven el delito del imputado, si moralmente reconoce los hechos incriminatorios de su progenitor,  diciendo: “Los principios morales y éticos “obligan a todos sin excepciones” y “están por encima de cualquier consideración, incluso de las personales o familiares”, en una alusión velada a las sospechas de corrupción que pesan sobre su padre, Juan Carlos I.
Sólo fueron solo 87 palabras al final de un discurso de 1.697, el mensaje navideño más largo de los siete que Felipe VI ha pronunciado hasta ahora.
A Felipe VI no se le han caído “prendas” a la hora de pasar la fregona y por las alfombras de la Zarzuela. Ahora a la vista de lo sucedido y cuando se prevé una reforma constitucional para modificar el art. 57 sobre la sucesión en la figura del descendiente varón, la Corona deberá someterse a un plebiscito popular para que sea el pueblo el que decida si lo que está establecido por decisión de un dictador, es aplicable a una democracia, donde es el pueblo el verdadero soberano.
El día que Felipe VI acepte a someter la monarquía parlamentaria a un referéndum, si ganase la corona, Felipe VI iba a saber que buenos vasallos tiene un gran Rey.